La Democracia participativa y la lucha de clases. Los casos franceses y nicaragüenses. Daniel Vives Simorra (PRCF)*

D. Vives Simorra, Pôle de Renaissance Communiste en France. Professeur honoraire de l’Université de Rouen.

*Versión ampliada de la ponencia presentada en el coloquio internacional 14-15 de noviembre de 2019 que se celebró en la Universidad de Rouen (UFR de Letras y Ciencias Humanas) sobre «La democracia participativa frente al capitalismo financiero, desde América Latina hasta Europa. Sociedad y cultura contemporáneas (lenguas, literaturas, civilizaciones) » «La démocratie participative face au capitalisme financier, de l’Amérique Latine à l’Europe. Société et culture contemporaines (langues, littératures, civilisations) »

***

Las temáticas y usos de la Democracia participativa están hoy de actualidad. Varios son los diplomáticos y personalidades latinoamericanas que intervendrán sobre las formas que aquellos cobran en Cuba o al sur del Río Bravo, Venezuela, Bolivia y otras partes del continente sur[1]. Por lo cual, en este estudio no volveremos a repetir lo ya dicho o lo que se va a decir en cuanto a estos países. Por consiguiente, nuestro discurso girará en torno a otros horizontes, en especial los horizontes franceses y nicaragüenses. También debemos renunciar a recordar el rol ejemplar que fue el de los consejos de obreros, soldados y de campesinos pobres (los soviets) desde 1917 hasta el comienzo de los años cincuenta en las repúblicas soviéticas, lo cual constituye un hito importantísimo para todo lo relacionado con la dialéctica política de la representación y la participación. Un ensayo sobre estas experiencias se publicará en el curso de este año.

Precisaremos, primero, algunos puntos teóricos antes de volver a situar la temática que nos ocupa en una larga duración histórica, principalmente en lo que toca a Francia.

A continuación, nos detendremos sobre la situación actual en este país, tratando de ver en qué medida las diferentes modalidades de participación de los ciudadanos a la Res Publica pueden significar un avance humano y socio-político con tal que no se las limite a un consenso interclasista y provincialista como lo quisieran las clases dominantes y que, al contrario se articulen sobre esta realidad última e insuperable que es la lucha de las clases en el régimen capitalista como se pudo ver con el reciente movimiento de los chalecos amarillos.

Terminaremos mostrando cómo la “democracia participativa” puede convertirse en un arma letal para la soberanía de un país cuando el imperialismo se apodera de ella, cuando la manipula y la financia. A ese respecto, comentaremos la situación actual en Nicaragua[2].

I

En Francia, las nociones de “democracia representativa, participativa, deliberativa, democracia de opinión, consultativa, directa, popular, etcétera, están hoy de moda. Han dado lugar desde hace muchos años, con una aceleración notable desde 1968 hasta la fecha, a una avalancha de comentarios, controversias, proclamaciones, manifiestos, obras, ensayos o tesis que lanzan un desafío a cualquier tentativa de ofrecer un panorama general de tales temáticas. Por otro lado, estos discursos corren parejas con un sinnúmero de prácticas en las que intervienen no sólo la gente del común, sino también sociólogos, políticos, varios organismos gubernamentales. Lo cual hace que lo de la “democracia participativa” aparezca frecuentemente determinado por el oficialismo de la clase dirigente. De todo ello resulta un carácter en gran medida indefinido de la democracia participativa, o mejor dicho de las democracias participativas como ya lo han observado muchos de los que abordaron estas cuestiones.

Claro que no se puede poner entre paréntesis lo que llamaremos las democracias participativas de convivialidad, la proliferación de asociaciones que tienen una relación muy distante con las luchas socio-políticas y que se dedican exclusivamente a actividades culinarias, deportistas, artísticas, turísticas, folclóricas etc. Huelga decir que no es nuestra intención, de ningún modo, menospreciar aquellos modos que tiene la gente de organizar las peripecias y los mil y uno intereses de su vida de cada día.

No obstante, si se deja de lado estas formas convivenciales que no tienen que ver con la democracia participativa sino muy marginalmente y por un abuso de lenguaje, es posible distinguir unas ideas recurrentes que adquieren una vigencia cada vez mayor. Entre éstas, sobresale la de una crisis actual de la legitimidad de una democracia representativa, al borde de la quiebra. Ella, a su vez, se confunde con otras crisis: crisis parlamentaria, crisis de las  élites socio-políticas, crisis de una soberanía nacional cada vez más alienada a una Unión Europea ultra reaccionaria, apegada a los cánones del peor de los neoliberalismo y, por si fuera poco, estrechamente dependiente del imperialismo estadounidense a través de la OTAN. Son crisis que se proyectan – de manera consciente o inconsciente, directa o indirectamente y mediante complejas mediaciones – sobre la vida concreta de los ciudadanos que se sienten desposeídos de cualquier acceso a las decisiones que afectan su existencia cotidiana. Frente a tal situación, una parte de la población, la clase media superior sobre todo, ha acudido a lo que se llama los nuevos movimientos sociales cuya misión sería contribuir a la edificación de una sociedad postmaterialista (post-industrial, post-consumista, post-patriarcal …) que pudiera ignorar el capitalismo imperialista o, por lo menos, ser capaz de encontrar un refugio en sus márgenes, en una suerte de coexistencia más o menos pacífica que pondría entre paréntesis la lucha de las clases.

En esta concepción, la democracia participativa tendría que organizarse a partir de relaciones interpersonales entre los obreros, los patronos, los empleados, los notables de las provincias, los burgueses adinerados pero “progrés”, los desocupados, la crema de las profesiones liberales, los inmigrantes que viven en suburbios desfavorecidos, los campesinos empobrecidos, los especialistas de los medias, los aficionados a cualquier clase de divertimientos…Claro que toda esa gente, en esta visión multiclasista de la democracia participativa, serían invitados a deponer las armas de la lucha de clases.

Es en este sentido, por ejemplo, que se desarrollan muchas plataformas online destinadas a una gran cantidad de usuarios, especializadas en organizar debates, en votar propuestas a tiempo real, mediante las nuevas técnicas de comunicación, computadoras o aparatos celulares. Sus proyectos se presentan como laboratorios democráticos en los que se supone que todos los ciudadanos tomen sanamente una parte activa en la vida pública sin que la sangre corra al rio, …¡y tan amigos como siempre!

Ahora bien se sabe que esos mecanismos de comunicación directa, fuera de que constituyen una garantía para una sobrevivencia tranquila de la gran burguesía, tienen a menudo objetivos principalmente mercantiles. Se ha hablado, al respecto, de un mercado de la democracia participativa[3].

No es ninguna sorpresa que los estudiosos y comentaristas próximos a un reformismo de tipo social-demócrata, social-libertario o libertarista (libertarian) aplaudan aquellas iniciativas. Por lo general, lo que se busca es una renovación de poca monta de la democracia burguesa, sea en el ámbito ambientalista, sea mediante estudios emergentes en las cuestiones de género, sea en los problemas que tienen que ver con las minorías étnicas, sexuales o sociales. En cambio, las clases dirigentes, los burgueses bohemios, los ”bobos” como se los llama en Francia, o el oficialismo mediático, intelectual y académico, se muestran mucho más reticentes frente a las formas de democracia participativa que tienden a enfrentarse directamente con el poder político. Tales recelos pueden convertirse en un odio contundente como se pudo comprobar con motivo de las grandes huelgas en Francia de 1995[4]. Lo mismo ocurrió con la rebelión de los “bonetes rojos” en Bretaña en 2013 que, a pesar de numerosas ambigüedades e intromisiones derechistas de la clase patronal, traducían a su modo, una auténtica movilización popular frente a una situación económica catastrófica, especialmente para muchos pequeños agricultores que viven de milagro.

Mucho más revelador aún fue el reciente movimiento de los chalecos amarillos, sistemáticamente calificado de “populista”, un comodín peyorativo que permite desprestigiar todo lo que sea susceptible de amenazar la política que impone la dictadura antidemocrática de la Unión Europea. A partir de una protesta contra la subida de los precios combustible por el gobierno Macron, las manifestaciones tomaron una amplitud que puso en tela de juicio la injusticia fiscal, la pérdida del poder adquisitivo, la reforma de jubilación.

Finalmente, víctimas de una brutal represión policial, largas fracciones de los chalecos amarillos se orientaron hacia una estrategia de ruptura con el neoliberalismo del presidente Macron, exigiendo su dimisión y la de sus ministros. En esta rebelión, se trasluce, con toda evidencia, un divorcio fundamental entre el estado con sus instancias representativas, mayoritariamente en manos de la burguesía, y la gente del común, es decir la “inmensa mayoría”, como decía el poeta español Blas de Otero, que es la del obreros, de los asalariados, de los pensionistas, de la juventud pobre, víctima de un paro galopante, de los campesinos en una situación más que precaria que lleva a algunos al borde del suicidio. En fin, pese a las repetidas partidas de defunción que difunden los medias, en el movimiento de los chalecos amarillos, todavía activo actualmente, se trasluce una ruptura clasista entre una “Francia de lo alto” y una “Francia de abajo” o, mejor dicho, entre el capitalismo y lo que se llama tradicionalmente el proletariado.

A partir de esta constatación, hay quienes tratan de inscribir el movimiento en un esquema que funcionaría a base de antagonismos entre verticalidad (o sea partidos o sindicatos) y horizontalidad (o sea gente sin afiliación ideológica). En otros términos, la hegemonía cultural mantenida por la clase dominante se esfuerza por oponer militantes organizados e individuos vestidos con prendas fluorescentes que actuarían de manera totalmente autónoma y espontánea. Tales dicotomías tienden, sin lugar a dudas, a una perpetuación del estatu quo social, político y económico. El mantenimiento clásico del orden necesita una masa informe y desorganizada que a pesar de sus accesos de cólera no constituya una amenaza realmente inquietante para la clase dirigente. Desafortunadamente, estos deseos chocan contra la realidad de la lucha de clases, según resulta del reciente llamado de los chalecos amarillos a sumarse al gran movimiento sindical previsto para el cinco de diciembre de 2019. Lo que demuestra que un funcionamiento democrático popular “a la base” no está reñido con un repudio orgánico a esta globalización o mundialización neoliberal que con Vladimir Illitch Lenín prefiero seguir llamando el imperialismo en tanto que fase superior del capitalismo.

Por otra parte en el vastísimo corpus que trata de la democracia participativa, incluso cuando se abordan sus aspectos socio-políticos, se suele limitar su extensión y su acción al nivel local del barrio o del rinconcito provincial. Al contrario, la democracia representativa es vista como si fuera el coto cerrado del estado y de la flor y nata de sus tecnócratas, los únicos habilitados para intervenir tanto el plano regional como en el nacional o internacional. Siempre según esta vulgata burguesa de la democracia participativa se da por sentado que sólo agruparía ciudadanos que no tendrían más que competencias casi nulas en el terreno teórico, aptitudes únicamente utilitarias, lo que les prohibirían ejercer su influencia sobre áreas como las grandes opciones que atañen a la economía o a la política internacional. Se sobreentiende así que la democracia participativa, al poner el enfoque sobre los problemas de una cotidianeidad lugareña, comarcal o suburbana, se compone de ciudadanos que no pueden y no deben tener ningún compromiso de tipo contestatario o, más aún, revolucionario.

De todo esto, se desprende otro presupuesto, a saber, que dicha democracia participativa no sería sino un paliativo, una suerte de parche para suavizar los eventuales disfunciones, arbitrariedades y otros excesos autoritarios del poder al servicio del gran capital.

II

Ahora bien, no tendría sentido discutir acerca de la democracia participativa en Francia sin reintegrarla en una historia de larga duración.

Remontando la historia de la formación del capitalismo, encontramos a los pensadores del liberalismo cuyo pleno auge se alcanza en el siglo XVII y XVIII y que en sus trabajos rechazan categóricamente cualquier idea de democracia directa. Al mismo tiempo, tanto en Europa como en los Estados Unidos, desde la declaración de su independencia en 1776, el programa político-económico de los primeros teóricos del capitalismo se aparta mucho de la idea de la democracia representativa en el sentido moderno del término. Sus aspiraciones, inequívocas, van hacia una democracia de las élites – una contradicción en los términos puesto que la palabra acarrea una idea de mayoría mientras “élites” supone la noción de una minoría.

La preferencia de los padres del liberalismo va hacia un gobierno de los hombres y las cosas por personalidades ilustradas que serían las únicas capaces de aplicar la gran ley de sus teorías economías, el principio sacrosanto de la libre competencia, «dejen hacer, dejen pasar». Si se suele considerar a los filósofos ingleses del siglo XVII, John Locke o James Harrington, como unos de los precursores en la propuesta de una democracia severamente limitada, enteramente determinada por los intereses de la clase de los privilegiados acaudalados, es sin duda Montesquieu quien, en un famoso texto de 1748, se expresó más explícitamente sobre el carácter necesariamente antipopular de su ideal “democrático”, o mejor dicho antidemocrático. En efecto, la perfecta democracia, para él, es por esencia y naturaleza, absolutamente contraria a cualquier idea de participación de los desposeídos, a cualquier intromisión del vulgum pecus en los asuntos de estado :

La mayor ventaja de las representaciones electivas consiste en que los representantes son capaces de discutir las cuestiones. El pueblo no es capaz; y éste es, precisamente, uno de los mayores inconvenientes de la democracia (…) De un gran vicio adolecía la mayor parte de las repúblicas antiguas: el pueblo tenía derecho a tomar resoluciones activas que exigen alguna ejecución, de las que es enteramente incapaz. El pueblo no debe tomar parte en la gobernación de otra manera que eligiendo sus representantes, cosa que está a su alcance y puede hacer muy bien. Porque, sin ser muchos los que conocen el grado de capacidad de los hombres, todos saben si el que eligen es más ilustrado que la generalidad[5].

En los siglos XVIII y XIX, los discípulos de Montesquieu, afirman que la intervención del pueblo en los asuntos del Estado equivale a introducir al lobo en el redil y transformar el vil rebaño en una manada de animales feroces. Por eso, la gente decente, la gente adinerada, la que posee, no debe ofrecer el poder a unas masas ignorantes, incapaces de tomar sabiamente las decisiones que afectan a la Res Publica. Se sabe también que esos discursos, que anuncian el advenimiento de una nueva aristocracia burguesa después de la caída del Gran Comité De Salvación Pública en 1794, fueron principalmente antagonizados por el ideario político de Jean-Jacques Rousseau.

De hecho, Rousseau fue el primer pensador en considerar que la única forma auténtica de democracia era la de la democracia directa. En el Contrato Social la soberanía se confunde con una voluntad general que no puede ser alienada en beneficio de un grupo restringido. El Soberano no tiene derecho a existir sino como una entidad popular colectiva en la que encuentra su legitimidad. Como tal, esta última sólo será representada por sí misma[6].

Aunque el rousseauismo político tuvo una enorme influencia en vísperas de la revolución francesa y a lo largo de su desarrollo, fueron sus adversarios los que triunfaron en 1789. Entre ellos, se destacó el abate Siéyes, padre e inspirador de un sufragio censitario que dividió a la población en ciudadanos activos, con acceso al voto, y ciudadanos pasivos a los que se les negó el mismo derecho. Indudablemente, lo que se buscaba era una ilegalización política de una parte considerable del Tercer Estado. Bajo los grandes gestos ostentosos que acompañaron la declaración universal de los derechos humanos en 1789 se dejaba intacto no sólo la división entre ciudadanos activos y pasivos sino también el régimen de esclavitud en las Antillas francesas.

De la misma manera, las declaraciones rumbosas en la Asamblea Constituyente durante la noche del 4 de agosto del mismo año a favor del abandono de los privilegios heredados del antiguo régimen y la abolición del sistema feudal en Francia no pasaron de ser un festival de mimos, la puesta en escena de un teatro bufo, en  fin una broma, como lo recuerda el gran historiador Henri Guillemin. De hecho, uno buscaría en vano en estos primeros momentos de la revolución el más mínimo rastro de democracia popular. Lo que echa raíces sobre las ruinas de la monarquía absoluta es todo lo contrario, con una asamblea en la que dominan grupos de negocios sin escrúpulos, una caterva de especuladores como los hermanos Lameth, Barnave, Alexandre Duport, Mirabeau, los Roland, la mujer y el marido… Para colmo, la imposición del incipiente orden capitalista puede contar con generales como Lafayette que no tienen otro objetivo sino el de asegurar su poder personal sobre una monarquía constitucional que desempeñase un papel muy secundario.

Se nos replicará que una variedad de representación parece establecerse con el surgimiento de las primeras sociedades populares en el otoño del 89 en las principales ciudades de Francia. Estos primeros instantes de la revolución fueron marcados por la creación de múltiples clubes. Pero, en la mayoría de los casos, los que llevaban la voz cantante fueron notables acaudalados, grandes negociantes, especuladores y muchas veces nostálgicos del antiguo régimen. La Sociedad de la Revolución, la Sociedad de los Amigos de la Constitución (que se convertiría en el Club de los Jacobinos), no significaron el fin de la exclusión de la escena revolucionaria de los segmentos más modestos de la población que permanecieron fuera del juego político.

El cambio se produjo con la segunda revolución, la que organizó la Comuna insurreccional el 10 de agosto de 1792. La traición de los diputados de la Gironda y el ascenso en la Asamblea de la Convención de los diputados de la Montaña, esto es del Partido de Robespierre, Saint-Just, Couthon, Juan Pablo Marat y otros, son los principales factores que permitieron que la clase de los artesanos, de la pequeña burguesía y un proletariado en cierne se hicieran cargo de los asuntos de la república. Fue entonces cuando, finalmente, estas clases populares se apoderaron de los clubes para ejercer una verdadera actividad participativa a nivel político, en especial en el club de los jacobinos, purgado de sus elementos contrarrevolucionarios y aristocráticos.

Evidentemente, la marcha hacia la democracia participativa y directa tuvo sus límites, por ejemplo cuando el club de los cordeleros fue vencido en marzo de 1794 por los robespierristas y cuando unos meses después el Gran Comité de Salvación Pública empezó a purgar todas las sociedades populares. Con lo cual se eliminó a los elementos más radicales, los “enragés” (los rabiosos) que eran los más cercanos a las masas laboriosas en vías de proletarización, – parados e indigentes, artesanos modestos, obreros de las primeras industrias modernas.

Sin embargo, a pesar de las purgas, la Convención robespierrista permitió que estas sociedades pudieran sobrevivir y que, a pesar de ser controladas, se convirtieran en fuerzas políticas que operaron en todos los ámbitos de la vida social y política.

Con sus propias limitaciones, este primer paso histórico hacia la democracia participativa y directa terminó con el golpe de estado del 9 de Thermidor (27 de julio de 1794). El club de los jacobinos fue cerrado definitivamente unos pocos meses después, el 21 de Brumario año III (11 noviembre de 1794). Otros clubes sobrevivieron, mal que bien, hasta las represiones salvajes contra las insurrecciones populares  el 14 Prairial (2 de junio de 1795) y su cierre definitivo el 6 Fructidor del Año III (23 de agosto de 1795). En este año, Gracchus Babeuf consiguió todavía crear un nuevo club, el club del Pantheon” en el que intentó poner en vigor la Constitución robespierrista de 1793, completándola con la perspectiva de una tercera revolución de índole social-comunista, basada en una dictadura de los pobres. Su Conspiración de los Iguales fue denunciada en 1796 y Babeuf con sus compañeros fueron sentenciados a muerte y ejecutados en febrero del año siguiente.

Pioneros en materia de democracia directa y participativa, los hombres de la segunda revolución francesa aniquilada por Buonaparte inspiraron a todo lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve nuevos levantamientos que trataron de dar nuevos impulsos a la toma de control de los asuntos públicos ya no por las clases trabajadoras de la pequeña burguesía sino por un proletariado cuya formación era inseparable del desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo en su fase ascendente. Sin embargo, una revolución como la de 1848 sólo fue una breve clara en medio de la tormenta reaccionaria aristocrático-burguesa, muy pronto sumida en una noche sangrienta por la terrible represión del general Cavaignac, al servicio de la  minoría de los poseedores.

Lo mismo ocurrió con la comuna de París de 1871. Después de haber abierto un horizonte decisivo y siempre de actualidad por lo que toca al acceso de las clases laboriosas al gobierno de la ciudad, a los pocos meses la Comuna fue exterminada sin piedad. Vale la pena recordar los cientos de miles de comuneros, ejecutados, mutilados, encarcelados, deportados o perseguidos que calumniaron del modo más infame la totalidad de los escritores de la época, salvo las honrosas excepciones de Jules Valles o Víctor Hugo. Un Barbey d’Aurevilly hablaba del « odio inconsecuente, loco y casi siempre tonto de la democracia [de los comuneros]»[7]. Georges Sand, modelo de la emancipación de las mujeres según varias asociaciones feministas, no vacilaba en cortar por lo (in)sano al declarar que la democracia comunera no fue sino  «el resultado de un exceso de civilización material lanzando su espuma en la superficie, en un día en que faltaba la caldera supervisor»[8]. Renan en un libro escrito a los pocos meses del masacre de la comuna escribía que «El egoísmo, la fuente del socialismo, los celos, fuente de la democracia, nunca harán más que una sociedad débil, incapaz de resistir a los vecinos poderosos. Una sociedad sólo es fuerte si reconoce el hecho de la superioridad natural, que se reduce básicamente a una, la del nacimiento, ya que la superioridad intelectual y moral no es en sí misma sino la superioridad de un germen de vida surgido en condiciones particularmente privilegiadas »[9].

En cuanto a Adolfo Thiers, a quien la Asamblea de Versailles le otorgó  el título provisorio de “Presidente de la República” – asamblea que después de la espantosa masacre de la Comuna estuvo enteramente dominada por los partidarios de la monarquía y los representantes burgueses del gran capital – es de suma importancia citar aquí lo esencial de un discurso parlamentario que que pronunció en 1872 :

En la monarquía, al menos en principio, es un solo hombre quien manda. Como tal, es vulnerable […]. Sus súbditos pueden rebelarse en nombre de  la “libertad”, y la fuerza -esta última ratio- no está garantizada al soberano. En cambio, ¿qué es la República? El régimen que se basa en la voluntad del pueblo y de la que deriva su poder de hacerse obedecer por la mera razón de que emana de esta voluntad nacional. La República la representa y manda en su nombre. En consecuencia, midan, señores, la ventaja incomparable, en lo que toca al alcance y legitimidad que tiene la  autoridad republicana  en comparación con la autoridad monárquica. En realidad, lo que se llama la voluntad del pueblo es lo que prefiere la mayoría de los ciudadanos. ¿No han visto, dos veces ya, cuán favorable esta mayoría puede mostrarse para nosotros, y todo lo que podemos obtener, nosotros, gente de bien, gente que posee, de los que no poseen nada? Nos plebiscitaron por centenares. Nos dieron el poder al elegirnos como diputados; y ellos nos dotaron de esta omnipotencia que el sistema republicano confiere a los designados por la voluntad nacional para manejar los asuntos de estado. Bajo la República reina la libertad y cualquier rebelión es un ataque a la democracia. ¿Esto, no lo repitieron ustedes muchas veces contra los criminales de la Comuna? Hagamos la República, caballeros, una República, no hace falta decirlo, social y económicamente conservadora[10],

Huelga subrayar la vigencia todavía actual de estas palabras con el agravante de que la quinta república supo conservar el meollo conservador y antidemocrático de la república de Thiers con un restablecimiento disfrazado del absolutismo monárquico gracias a una clara orientación hacia un régimen presidencial con fuertes características autoritarias.

Es también de notar que mucha gente sigue alabando hoy en día los “valores” – entre comillas –, de esa república edificada sobre un montón de cadáveres, la cual pese a las vicisitudes de la historia habría transmitido dichos valores hasta nuestros días (igualdad democrática de los ciudadanos, multipartidismo, laicidad…). Sin la menor vergüenza, se hace la vista gorda sobre los holocaustos coloniales cometidos por la tercera república, sobre las huelgas ferozmente reprimidas, los militantes obreros acosados o encarcelados, sin olvidar el imperdonable crimen de haber enviado millones de hombres a una espantosa carnicería durante la Primera Guerra Mundial.

Un nuevo amanecer democrático y participativo pareció abrirse con el Frente Popular de 1936, pero de nuevo quedó rápidamente oscurecido por el regreso muy pronto de la derecha al poder que llevó la República a su deplorable final cuando la mayoría de sus diputados, después de haber declarado fuera de la ley a los comunistas, dieron carta blanca  al fascismo de Vichy y al mariscal Pétain.

La esperanza volvió a surgir cuando la acción de los movimientos de resistencia, en primer lugar los FTP, los Francotiradores y Partisanos, condujo al programa del Consejo Nacional de la Resistencia en 1944, allanando así el camino para una Cuarta República en la que los obreros y trabajadores asalariados podrían defender sus intereses de clase, tanto a nivel participativo, sindical o representativo. Pero una vez más no fue sino una breve paréntesis que terminó tres años más tarde con el comienzo de la guerra fría, la exclusión de los ministros comunistas, la represión de las huelgas por parte del gobierno de Ramadier.

A raíz de esta traición y durante once años, se instaló un régimen parlamentario que no tuvo nada de participativo y ni siquiera de representativo. En efecto, en los mejores momentos de las diferentes legislaturas los diputados pertenecientes a las clases populares nunca sobrepasaron el 20% de la totalidad de los parlamentarios. Se trataba en lo esencial de representantes de un Partido Comunista sistemáticamente hostilizado por las mayorías de turno, socialistas, centristas o derechistas y además marginalizado a nivel de las decisiones y de las comisiones. De democracia participativa no quedó ni rastro. Resultado : una Asamblea nacional  muy poco “nacional” y aún menos representativa del mundo del trabajo. Dando un paso más hacia la traición, la cuarta república no dudó en seguir los pasos de la tercera con nuevas guerras coloniales (Madagascar, Indochina, Argelia) a pesar del repudio de vastos sectores de la población a aceptar los desastres de estas aventuras belicistas y mortíferas.

III

Finalmente la Cuarta República capituló vergonzosa y dócilmente frente a un nuevo asalto de la derecha francesa : el golpe de Estado militar-parlamentario del General de Gaulle en 1958.

Desde entonces, el pueblo francés vive bajo un régimen casi monárquico, con un presidente omnipotente, un parlamento que tiene poderes muy limitados, salvo el de andarse por las ramas, derivando hacia cuestiones muy secundarias. Su representatividad es particularmente elitista. El 4 % de obreros y empleados entre los parlamentarios de la Asamblea Nacional al comienzo de la Quinta República se redujo a un 2, 6 % en las elecciones presidenciales francesas de 2012. El porcentaje de 4,6 % alcanzado en los comicios de 2017, con una ausencia total de diputados obreros o asalariados básicos, muestra que se perpetúa el colosal déficit de la representación popular.

Esta deplorable situación ha sufrido un importante empeoramiento con la subyugación de los sucesivos gobiernos a una Unión Europea fundamentalmente antidemocrática ya que sus órganos más decisorios, al no estar sujetos al sufragio universal, privan al Parlamento francés de las escasas competencias que le quedaban para transferirlas a los tecnócratas de Bruselas. Para colmo, los sectores mayoritarios de la Unión ya no ocultan sus tendencias neo-fascistas como se desprende del parlamento europeo y de su voto negacionista del 19 de septiembre de 2019 que pone en un mismo plano nazismo y comunismo…Una Unión Europea que apoya con sinvergüenza y sin reservas la agresividad del imperialismo estadounidense, sea cuando se realizó el golpe fascista en Ukrania, sea a proósito de las recientes guerras de baja intensidad en América Latina. Todos recordarán que el presidente Macron y muchos otros gobiernos de la Unión Europea rompieron las relaciones diplomáticas con el gobierno legítimo de Nicolás Maduro cuando se produjo el golpe a comienzos de 2019 y se apresuraron a reconocer a Juan Guaidó que el departamento de estado norteamericano instaló como presidente fantoche de Venezuela.

Actualmente, en lo que se refiere más particularmente a Francia, la gestión política de los barrios populares, así como los miserables remedios participativos propuestos por los expertos cercanos a los partidos ultra liberales que se turnan en el poder desde hace casi medio siglo, siempre han estado marcados por una forma de paternalismo. El invento por estos partidos burgueses de una falaz “democracia participativa” no ofrece a los ciudadanos sino una participación mínima en la toma de las decisiones políticas. Pasa lo mismo con la introducción en los barrios del concepto nebuloso del empowerment. En manos de la gran burguesía, la democracia participativa se convierte en una estafa lingüística e ideológica. Sólo tiene por objeto garantizar los votos y la paz social, sin renunciar en absoluto a una política reaccionaria antipopular con tendencias fascistas y sin ceder ni un milímetro de un poder dependiente del imperialismo europeo y estadounidense.

No es por azar que la burguesía capitalista francesa haga todo lo posible para acabar con las comunas en Francia, lugar esencial para el desarrollo pleno de una democracia participativa y representativa que no se reduzca a una farsa. Heredera de la revolución francesa, la comuna hoy en día es el blanco de agresiones continuas tendentes a absorberlas en instancias supra-municipales, comunidades de comunas, establecimientos públicos de cooperación intercomunal (EPCI) en las que pierden su autonomía. El lema de moda es “agrúpense”, “aglomérense” y no importa si las comunas más ricas, las de las clases privilegiadas, son las que llevarán la batuta. Con la intromisión acelerada de la antidemocrática Unión Europea y la complicidad servil del capitalismo francés, se oscurece la esperanza de una participación comunal realmente popular, soberana en todos los ámbitos tanto en los que atañen a la vida cotidiana y local como en los que tienen un alcance nacional : educación, preservación del medio ambiente, capacidad de hacer oír a nivel gubernamental la voz de los obreros, de los trabajadores del campo, de los pensionistas y de la juventud.

Para los “apoderados” del gran capital transnacional, la comuna es un obstáculo : hay que apretarle los tornillos como se hace con las clases populares que se alejan cada vez más de los diferentes comicios, desconfiando de los que se proclaman sus representantes. Según la ideología dominante, el mundo del trabajo adolecería de un síndrome inquietante: el del consabido “populismo”, una patología que sirve para todo y, por encima de todo, para apartar cualquier crítica al modelo ultra liberal. A lo sumo, las clases burguesas dirigentes toleran un cuestionamiento muy moderado de algunas de sus opciones antipopulares, pero rara vez en lo tocante a lo poco que conservan de lo que fueron las áreas regalianas de su poder y que se transfieren cada vez más a la Unión Europea (grandes orientaciones económicas, diplomacia, moneda, ejército).

De ahí que se opongan a la reivindicación de un referéndum de iniciativa popular (RIC) para una nueva «república social, fraterna y soberana»[11] : una aspiración creciente que esta vez, sí que se inscribe en una perspectiva de democracia participativa y directa.

En Francia la exigencia del RIC se plantea de modo creciente en una fracción importante de los chalecos amarillos y en los sectores más combativos del movimiento sindical. Es algo que a todas luces se sitúa en el terreno de la lucha de clases, con gran disgusto de todos los grupos, partidos, think tanks que juegan el rol de perros guardianes del orden establecido. Similarmente, la voluntad de crear nuevas instituciones que garanticen la viabilidad de una república democrática, pacífica y social tiene un contenido de clase indiscutible. Se van extendiendo los proyectos de una democracia verdaderamente participativa, en fin de cuentas, en gran parte directa, que impliquen medidas concretas : aumento de los salarios, de las pensiones, de las indemnizaciones de los trabajadores parados, restablecimiento de una salud gratuita… Paralelamente, se va imponiendo la idea de imponer tasas crecidas y extensas para el gran capital, la expatriación fiscal, las grandes fortunas. Lo cual es absolutamente necesario para reconstruir los servicios públicos severamente atacados por la política euro-liberal que rige los destinos del país desde hace varias décadas.

La democracia participativa concebida en este sentido tiene y tendrá la posibilidad de intervenir eficazmente en todos los sectores , sean sociales, económicos, institucionales e, incluso, en una política exterior de paz , de cooperación entre los países. Una auténtica democracia participativa también habrá de combatir las amenazas fascistas y neofascistas que toman proporciones inquietantes en casi todos los países de la Unión Europea y, claro, en los Estados  Unidos y sus satélites sudamericanos (tipo Bolsonaro en Brasil, Iván Duque en Colombia, el neonazi millonario Luis Fernando Camacho y Jeaninne Áñez, la reciente “presidente” racista y autoproclamada después del reciente golpe en Bolivia)

Una real participación popular no puede satisfacerse de unos “erzatz”, unos sucedáneos de referéndum bautizado popular que se limitaría a algunas chapucerías y bricolajes con el único consuelo de seudo reformas “societales”. En aumento en las clases obreras y asalariadas, las aspiraciones a una democracia revolucionaria permiten y permitirán romper con las farsas participativas que se usaron en la época de referéndum a propósito del tratado de Maastrich en 1992 que terminó con una abstención de un 30 % de los inscritos y un 49 % por ciento de votos negativos. O sea que aquella consulta tan importante, habría que decir tan negativa, no sólo en cuanto a las grandes cuestiones internaciones sino además en lo que concierne la vida de cada día de los individuos no fue aprobada más que por un 21 % de la población francesa, y eso después de una intensa propaganda machacona en los medias a favor de un voto positivo.

En 2005, de nuevo, todos los discursos, debates, mesas redondas… a favor de la democracia participativa e incluso representativa fueron tirados a la basura cuando el 55% de los votantes rechazaron el proyecto de Tratado constitucional para la Unión Europea. La voluntad popular fue traicionada y ninguneada con el tratado de Lisboa que firmaron en 2007 Jacques Chirac y Lionel Jospin, el líder socialista, que se benefició de la abstención masiva de los diputados de su partido cuando se efectuó la ratificación de dicho tratado.

Que tales denegaciones de democracia participativa tengan que ver  con las luchas de clases en Francia es lo que se desprende del 74 % de los obreros y del 62 % de los empleados que votaron en contra del contenido del referéndum mientras el 60 % y pico de los altos ejecutivos de las empresas y las profesiones liberales se pronunciaron a favor.

Otro ejemplo sería el de las elecciones legislativas  de 2017 en las que el partido de Macron, (LREMn La Republica En Marcha), monopolizó el 80 % de los escaños en la asamblea nacional mientras el 56 % por ciento de los electores se abstuvieron de acudir a las urnas. Resultado : una asamblea nacional en la que a pesar de una presencia femenina aumentada no figura ni siquiera un sólo representante de la clase obrera, fuera mujer u hombre, y una representación pantagruélica de la alta burguesía y las clases superiores.

Todo lo cual, en fin, pone de relieve la casi ausencia del mundo del trabajo que constituye el 90 % de la población activa en Francia Se podrían multiplicar los ejemplos de la situación miserable de la democracia participativa y de la democracia a secas en Francia.

Mencionaremos así la represión feroz que se abatió sobre los chalecos amarillos, con centenares de heridos de gravedad, miles de detenidos por la policía , más de quinientas personas encarceladas y el voto de leyes liberticidas para impedir la reiteración de movimientos similares. La única compensación, una casi limosna, que se ofreció a las protestas populares de este año y del pasado, fue un “Gran Debate” : un palabreo del que salió nada. A los ciudadanos, se les gastó una broma pesada, un malabarismo político cuya verborrea que no ha convencido a nadie. Los brutales retrocesos sociales, bautizados “reformas”, ya en curso o anunciados, fueron excluidos de las conversaciones. Todo estaba previsto de antemano con la publicación de la carta presidencial para dar la impresión, como en el Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que todo iba a cambiar mientras el gran capital y su personal de confianza se las arreglaban para que no cambiara nada.

El 16 de enero de 2019, Alice Mazeaud, una investigadora universitaria que al parecer está lejos de compartir los objetivos de las vanguardias sindicales (gran parte de la CGT, Sur…) o de los sectores más radicales de los chalecos amarillos, publicó en el periódico Le Monde un artículo titulado « « Gran debate nacional, las trampas de la improvisación » ». En su texto, analizaba esta consulta calificada de popular, subrayando su carácter muy generalista y la profusión de los temas a discutir.

El “gran” debate de Macron, según Alice Mazeaud, se inscribe en una voluntad de enmarcar y controlar la las reivindicaciones populares y, de esta manera, salir airoso de la crisis. De hecho, el “gran” debate no fue sino la enésima tentativa de los medios gubernamentales desde los años 60 para canalizar y neutralizar las protestas populares mediante lo que se les vende como unas “llamadas a la base”. O sea : se trata de algo ya muy visto. Primero es el gobierno es el que toma la iniciativa del “gran” debate como si fuera la única instancia que tuviera la legitimidad para organizarlo.

Después, se proclama que en las discusiones participarán una multitud de asociaciones, representantes de grupos y a veces grupitos que se mantienen al margen de las movilizaciones populares y sindicales. Entre éstos, los hay que no disimulan incluso su hostilidad hacia ellas. Con ello se intenta demostrar que los rebeldes no representan sino una ínfima minoría.

En tercer lugar, a pesar de anunciar un amplio espectro de temas, sólo se aceptan los que caben dentro de lo tolerado por el poder y las instituciones que controla.

Un cuarto y último momento interviene cuando se anuncian las “reformas” que en el mejor de los casos se reducen a modificar en un futuro indeterminado algunas situaciones problemáticas o poco tolerables que son objetos de rechazos consensuales y que no afectan sino tangencialmente a los intereses del gran capital. En el peor de los casos, que es lo más frecuente, se retoman las reformas que, precisamente, provocaron las protestas, prometiendo mejoras para algunos sectores que se reducen a “desnudar un santo para vestir otro” puesto que hay que obedecer al undécimo mandamiento de la Biblia Europea : no les darán a los pobres más que lo autorizado por la regla infrangible del “presupuesto constante”.

Así se instala un espacio de chalatanería y de despotrique, estrechamente acotado, en el que no se discute ninguna de las “reformas”, ya adoptadas o en vías de ser adoptadas. Ninguna reflexión sobre la posibilidad para que Francia salga de una Unión Europea ultra derechista. Ningún debate acerca de su integración en la OTAN sumamente belicista. Un silencio ensordecedor a propósito de los 11.000 soldados franceses presentes en África. Nada sobre la política neocolonial del gobierno y de los gobiernos precedentes en este continente, política que es la causa principal de una pauperización que se extiende de día en día, con sus consecuencias dramáticas para la población africana que muchas veces no encuentra otro remedio sino el de una emigración peligrosa y caótica. Prohibido hablar de la imposición desastrosa del franco CFA en muchos países de la “francofonía” africana para perpetuar la consabida política de la Francia-África heredada del difunto Jacques Foccart, un hombre de la sombra que en paz no descanse.

IV

Hablando de democracia participativa quisiéramos terminar recordando brevemente hasta qué punto el imperialismo puede apoderarse de ella para fomentar desestabilizaciones y golpes de estado en países que se empeñan a defender su soberanía. Tomaremos aquí el ejemplo de Nicaragua cuando se desencadenaron las “protestas” de abril del año pasado, las cuales dieron lugar a un intento de golpe de estado con el objetivo abierto de acabar con el gobierno legítimo de los sandinistas y de Daniel Ortega, a pesar de sus éxitos electorales en 2006, 2011 y 2016.

No volveremos sobre las circunstancias que sirvieron de pretextos para la ofensiva antisandinista, en particular sobre la reforma de los servicios médicos y una disminución del 5% de las pensiones, motivada por un déficit creciente. No cabe duda que fue un error, pero un error mínimo ya que Daniel Ortega acababa de rechazar medidas muchísimo más drásticas aconsejadas por el FMI, haciendo que fueran principalmente los empresarios más adinerados los que habrían de contribuir para restablecer la buena situación de las cuentas públicas. El hecho de que Daniel Ortega cancelara muy pronto la reforma[12] no obstó para que un sinnúmero de organizaciones, reclamándose de la sociedad civil y presentándose como paladines de la democracia participativa en Nicaragua, se lanzaran al abordaje del gobierno para tratar de derribar de una vez para siempre al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El golpe comenzó con los hijos de papá y las niñas bien de la Universidad Centroamericana (jesuita) y de la Universidad Politécnica de Nicaragua (bautista) que iniciaron una serie de protestas muy violentas “en solidaridad con sus mayores”. Obedeciendo a consignas emanadas de los Estados Unidos, estos retoños de las clases pudientes, agruparon a miles de manifestantes pertenecientes también a una burguesía nicaragüense ávida de recuperar su hegemonía perdida en el triunfo del FSLN 1979 y su retorno al poder en 2006.

Rápidamente, las “protestas” se tornaron violentas. Hubo incendios de tiendas y supermercados. Muchos tranques, esto es bloqueos de calles y carreteras, se convirtieron en trampas mortales para los coches, los camiones o los transeúntes que se negaban a bailar al son que se tocaba ahí y aullar con los lobos Se cometieron actos vandálicos, a veces mortíferos, contra los locales del Frente y sus militantes. De ahí, las medidas para acabar con golpe contrarrevolucionario. Los militantes sandinistas se movilizaron. La policía antidisturbios tuvo que enfrentarse con los golpistas y su extrema violencia.

Como era de esperar, los antisandinistas organizaron una guerra de (des)información, apresurándose para acusar a las autoridades legítimas de los más horrendos crímenes. Algunos llegaron hasta a hablar de “genocidio”(!!!) sin tener en cuenta las numerosas agresiones de que fueron víctimas los que seguían fieles a los ideales sandinistas, mantenidos, en lo esencial, por el gobierno de Daniel Ortega en medio de innumerables dificultades.

Todas las violencias antisandinistas, las prepararon, las justificaron y, frecuentemente, las protagonizaron numerosas organizaciones nacionales provenientes de los diferentes horizontes de la falsa izquierda. Entre ellas había grupos “derecho-humanistas” que se crearon para promover la democracia – democracia made in USA – como la fundación Hagamos Democracia,  cuyo título constituye de por sí una broma pesada, El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, el grupo Fundemos, la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos, la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), el Centro de Derechos Constitucionales (CDC), el Instituto para el Desarrollo y la Democracia (IPADE), la Red Nicaragüense Por la Democracia y el Desarrollo Local, la Fundación Rubén Darío para el Desarrollo Humano, el Grupo Cívico Ética y Transparencia

Otra fundación importante que preparó el terreno para el golpe de abril, afortunadamente derrotado, fue el que creó Violeta Barrios de Chamorro, la ex-presidenta de Nicaragua, con el pretexto de «trabajar por la defensa y consolidación de la libertad de expresión e información», por el desarrollo social y el ejercicio de los valores democráticos.

A todos ellos, se unieron los medias de la oposición nicaragüense (periódicos como La Prensa y El Confidencial, el Grupo Radial Romance…) en colaboración con organismos que pretendían defender la pluralidad informativa, tal el importante el Centro para la Información y la Comunicación (CINCO) o el Centro para Programas de Comunicación (CPC).

El golpe antisandinista fue también preparado por los feministas del Movimiento Autónomo de Mujeres y del PIE, Partido de la Izquierda Erótica, por los grupos LGBTs de la Red Filial De Diversidad Sexual. Varias organizaciones estudiantiles y muchos jóvenes de la clase burguesa y de la clase media fueron también movilizados : la Red de Jóvenes Nicaragüita, la Juventud por la Democracia de Nicaragua (JUDENIC), la Fundación de Jóvenes para el Desarrollo Socio-económico, el grupo Nueva Generación. El sector ambientalista o de la salud participó también de varias ofensivas solapadas parta desprestigiar el movimiento sandinista, como la Asociación para la Sobrevivencia y el Desarrollo Local, la Fundación Jinotegana para el Desarrollo Sostenible o el Centro de Información y Asesoria en Servicios de Salud (CISAS), la Asociación para la Sobrevivencia y el Desarrollo Local (ASODEL). Del mismo modo, los ámbitos académicos para-académicos fueron infiltrados, entre los que se pueden mencionar el Instituto de Estudios Estratégico y Políticas Públicas (IEEPP), el Centro de Análisis Sociocultural de la Universidad Centroamericana (CAS – UCA).

Habría que añadir aún un sinfín de iglesias bautistas, grupos evangélicos relacionados más o menos abiertamente con los servicios desestabilizadores de Washington (Centro Ecuménico Antonio Valdivieso, Asociación Religiosa de la Iglesia Pentecostés del Nombre de Jesucristo de Nicaragua….).

La guerra de baja intensidad desencadenada contra el gobierno sandinista pudo contar con la activa y agresiva participación del Episcopado y sacerdotes católicos en actos subversivos: iglesias usadas como arsenales, obispos y curas arengando a la rebelión y a la muerte desde los púlpitos. Fracciones importantes de la iglesia nicaragüense, echaron por la borda el mensaje de paz evangélico. Un Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua o un Abelardo Mata, obispo de la diócesis de Estelí no vacilaron en incitar a las peores violencias contra los sandinistas y apelar a la injerencia directa de los Estados Unidos en el país. En un tweet del 31 de mayo de 2018, otro cura “de choque” y de “armas tomar”, Rolando José Álvarez,  obispo de Matagalpa, presentaba la tentativa golpista antisandinista en un estilo que no tenía nada que envidiar al de los tiempos de la más férrea de las inquisiciones al estilo de los fascistas de la época del franquismo « Nuestra lucha no es contra fuerzas humanas. Es contra las fuerzas del mal. Vete Satanás a los abismos infernales donde es tu lugar. Viva Cristo Rey» (!)[13].

Enumerar la totalidad de estos grupos nicaragüenses contrarrevolucionarios, disfrazados de defensores de los derechos de la llamada « sociedad civil » pero financiados y controlados por la CIA a través de su tapadera civil, la NED, y sus sucursales de la NDI y el IRI[14] sería el cuento de nunca acabar. Lobos vestidos de ovejas, sus relaciones con el imperialismo no necesitan ser demostradas desde que Wilileaks hizo público una gran cantidad de información procedente de las comunicaciones entre diferentes departamentos y embajadas estadounidenses en Nicaragua, Venezuela, Bolivia y en la totalidad de los países de Nuestra América, para decirlo con las palabras de José Martí.

Todas estas quintas columnas y grupos subversivos recibieron refuerzos no sólo de la oligarquía nicaragüense sino también de antiguos comandantes disidentes y renegados del FSLN, que cambiaron de chaqueta para vestirse con los trajes del de la reacción derechista tras el fracaso electoral del FSLN y la victoria de Violeta Barrios de Chamorro y la extrema-derecha en 1990. La actuación infame del secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro, quien está totalmente subordinado al Departamento de Estado de Estados Unidos, favoreció desvergonzadamente la tentativa de golpe comandado por los USA y las élites nicaragüenses convertidas a un neoliberalismo, más o menos declarado. Las mismas tuvieron el respaldo de varios de sus homólogos occidentales, de una gran parte del mundillo académico y de la “intelligentsia” del mundo llamado libre, y, claro, del inmenso aparato mediático que dirige a nivel mundial el neo fascismo imperialista.

En conclusión : el reciente golpe de estado de 2018 en Nicaragua, afortunadamente frustrado, es sin duda un ejemplo particularmente lleno de enseñanzas de cómo el imperialismo estadounidense y sus satélites tratan de apoderarse ocultamente de las múltiples formas de la democracia participativa (ONGs, organizaciones de la sociedad civil…), creándolas o transformándolas con el fin de derrocar gobiernos progresistas y revolucionarios, acabar con su soberanía y reemplazarlos por regímenes fantoches que estén enteramente a su servicio; en un intento fascista de instaurar un nuevo colonialismo.


[1] Remitimos a las intervenciones muy valiosas y esclarecedoras de Héctor Michel Mujica Ricardo, Embajador de Venezuela en Francia; Orietta Caponi, embajadora de Venezuela en Bulgaria, Nelson Tamayo Caro, consejero cultural de la embajada de Cuba en Francia. Sus análisis y comentarios aparecerán en las actas del coloquio cuya publicación está prevista por el otoño de 2020. También estarán pronto a disposición de las personas interesadas la edición de las grabaciones de la conferencia y los enlaces para acceder a ellas en la red informática (la grabación de la ponencia de  D. Vives Simorra fue suprimida a petición del autor ya que fue truncada por razones independientes de su voluntad y quedó desgraciadamente ambigua ya que no se pudo presentar algunas aclaraciones que debían esclarecer ciertos puntos, todo esto en detrimento de la perfecta coherencia que era su objetivo. Esta coherencia se restablecerá en la versión publicada en las actas y, ya, en esta versión ampliada).

[2] Al respecto, se retomarán , brevemente al final, algunas reflexiones que ya presentamos en Bulgaria en octubre del año pasado con motivo del Coloquio Internacional sobre « Dependencia e independencia en América Latina y el mundo» que se celebró en la Universidad de Sofía San Clemente de Ohrid y que serán publicadas en las actas del Coloquio. También tenemos a disposición de los que lo deseen una versión de este trabajo. La embajada de Nicaragua en París ha transmitido el texto a Managua con fines de publicación pero ya está disponible en la Web (« Los embates del nuevo colonialismo en Nicaragua », https://communismeinfos.org).

[3] Véase : Alice Mazeaud, Magali Nonjon, « De la cause au marché de la démocratie participative », Agone (Marseille), n° 56, 2015, p. 135 à 152

[4] Entre las figuras de primer plano de la derecha  y de la falsa izquierda francesas que se esforzaron por defender con uñas y dientes el “Plan Juppé” de desmantelamiento de la SNCF, desprestigiando y a veces criminalizando el movimiento de los ferroviarios huelguistas que se movilizaron para impedir su aplicación, con el apoyo de la mayoría de los trabajadores, citemos a los políticos Alain Madelin, Raymond Barre, Dominique Strauss-Kahn, Pierre Joxe, a los politólogos, Pierre Rosanvallon, Gérard Carreyrou, Alain Duhamel, a los intelectuales o seudo intelectuales como Françoise Giroud, Jean Daniel, Jacques Julliard, Claude Lefort, Guy Sorman, Bernard-Henri Lévy, André Glucksmann, al sociólogo Alain Tourainea, a la  casi totalidad de los medias audio-visuales y a la prensa cotidiana o periódica (Libération, France Soir, Le Monde, Esprit…). Véase para más detalles Serge Halimi, Les Nouveaux chiens de garde, Paris, eds. Raisons d’Agir, p. 66-74.

[5] « Le grand avantage des représentants, c’est qu’ils sont capables de discuter les affaires. Le peuple n’y est point du tout propre ; ce qui forme un des grands inconvénients de la démocratie (…).Il y avait un grand vice dans la plupart des anciennes républiques : c’est que le peuple avait droit d’y prendre des résolutions actives, et qui demandent quelque exécution, chose dont il est entièrement incapable. Il ne doit entrer dans le gouvernement que pour choisir ses représentants, ce qui est très à sa portée. Car, s’il y a peu de gens qui connaissent le degré précis de la capacité des hommes, chacun est pourtant capable de savoir, en général, si celui qu’il choisit est plus éclairé que la plupart des autres », L’Esprit des lois, Livre XI, Chapitre 4, 1748

[6] Contrat social, livre II, chap. I

[7] Paul Lidsky, Les écrivains contre la Commune, [1970], Paris, éds. La Découverte / Poche, 1999., p. 82.

[8] Ibid., p. 52

[9] « L’égoïsme, source du socialisme, la jalousie, source de la démocratie, ne feront jamais qu’une société faible, incapable de résister à de puissants voisins. Une société n’est forte qu’à la condition de reconnaître le fait des supériorités naturelles, lesquelles au fond se réduisent à une seule, celle de la naissance, puisque la supériorité in-tellectuelle et morale n’est elle-même que la supériorité d’un germe de vie éclos dans des conditions particulièrement favorisées », La réforme intellectuelle et morale de la France, Paris, Union Générale d’Éditions (10-18), 1967, p.44.

[10] « Dans la monarchie, en principe du moins, c’est un seul homme qui commande. Tel quel, il est vulnerable, et l’on s’en est suffisamment apercu. Ses sujets peuvent se rebeller au nom de “la liberté”, et la force — cette ultima ratio —- n’est pas garantie au souverain. En revanche, qu’est-ce que la République ? Le regime qui repose sur la volonté du peuple et ou l’autorité tire son pouvoir contraignant du fait qu’elle émane de cette “volonté nationale”, la représente, et commande en son nom. Mesurez, en consequence […], l’incomparable avantage, quant à son ampleur et a sa légitimité, dont dispose l’autorité républicaine par rapport a l’autorité royale. Dans la réalité des choses, ce que l’on baptise volonté du peuple, c’est ce que préfère la majorité des citoyens. Et n’avez-vous pas vu, deux fois deja, à quel point cette majorité peut nous être propice, et tout ce qu’il nous est loisible, a nous gens de bien, a nous les possédants, d’obtenir de ceux qui ne possèdent pas ? Ils nous ont plébiscites ; ils nous ont délègues par centaines au pouvoir ; et nous avons été dotés par eux de cette toute-puissance que confère le système républicain a ceux qu’a désigné la volonté nationale pour gérer les affaires de l’État. Sous la République, c’est la liberté elle-même qui règne, et toute rebellion est un attentat à la démocratie. L’avez-vous assez répété contre les criminels de la Commune? Faisons donc la République, messieurs, une République, cela va de soi, socialement et économiquement conservatrice » (« La Republique sera conservatrice ou ne sera pas »; Thiers, 1872), citado en Henri Guillemin, Nationalistes et nationaux (1870-1940), Paris, ed. Gallimard (“Idées”), 1979, p. 17. La traducción es nuestra.

[11] Sobre el RIC, véase https://www.initiative-communiste.fr/articles/prcf/la-revendication-du-ric-au-coeur-des-aspirations-populaires-a-une-nouvelle-republique-sociale-fraternelle-et-souveraine-par-g-gastaud-et-r-el-fekair/

[12] Para un análisis más detallado del movimiento sandinista y del golpe contrarrevolucionario de 2018 a la luz de la historia nicaragüense desde 1898, ver nuestro estudio : « Los embates del nuevo colonialismo en Nicaragua », op. cit.

[13] https://twitter.com/diocesisdemat/status/1002224688767135744

[14] Nacional Endowment for Democracy, National Democratic Institute for International Affairs, International Republican Institute

Catégories Démocratie et lutte des classes

Répondre

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l'aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion /  Changer )

Photo Google

Vous commentez à l'aide de votre compte Google. Déconnexion /  Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l'aide de votre compte Twitter. Déconnexion /  Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l'aide de votre compte Facebook. Déconnexion /  Changer )

Connexion à %s

%d blogueurs aiment cette page :
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close